Martes por la mañana, su casa está a dos paradas de metro del hotel, en la ciudad olímpica. Es un sexto piso desde el que se ve el mar como si estuviera al lado. Bueno, de hecho lo está. Tengo que cerrar la ventana porque se oyen las olas, la brisa y algún autobús que pasa. Está todo desordenado: estoy de mudanza, trayendo todos los papeles de otro piso. Efectivamente carpetas y más carpetas de archivador apenas dejan sitio en el enorme sofá en el que nos sentamos. Es un salón muy espacioso, con mesa de reuniones (¿mesa comedor?) redonda y un balcón enorme. Media pared es la cristalera que da al balcón.
Él es agradable, casi diría venerable (aunque creo que no le gustaría). Bajito, de pelo blanco y barba tupida y blanca también. Gafas y camiseta. Habla muy pausado, con un marcado acento catalán. A veces le cuesta buscar una palabra. A veces suelta un “de puta madre” o “está muy jodido” que no le pegan nada.
Le tengo más de una hora, pero es que se enrolla mucho en las respuestas. Se muestra muy interesado en nuestro trabajo y nos pide que se lo mandemos cuando esté hecho. ¿Con quién estáis hablando? Le digo algunos, y que esta tarde hablaremos con Bassat. “Uh, si Bassat estuvo ayer de cumpleaños, 65, con más de mil invitados... y concierto de Serrat durante la cena, así que le vi ayer, estuvo muy bien”.
miércoles, 6 de diciembre de 2006
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